lunes, 26 de enero de 2009

Perdida...


Llueve… Mañana seguro habrá nieve en los Picos...

Huyo…

No sé muy bien de qué, pero sentí la necesidad de huir. Quizás de mi misma, de mis pensamientos; sólo mi subconsciente lo sabe…

No recuerdo el nombre del lugar, sólo sé que olí el aroma del café y vi una pequeña mesa para dos en una esquina, suficiente para esconderme por unos instantes.

Cinco minutos después una mano de uñas fosforescentes, que seguro costaron mas de 70 bolívares, coloca un mockachino frente a mí en la mesa. ¿Cuándo lo ordené? No recuerdo…

Pero no es cuestión de rechazarlo ya que todo en él me invita a beberlo, desde las virutas de chocolate hasta la espuma que amenaza con rebasar el borde. Tomo un poco de Chantilly con la uña.

Hace un lindo contraste, blanco sobre negro…


-¿Sola?-

Casi he tirado el café por el sobresalto que me causó aquella voz salida de ninguna parte y que me obligó a aterrizar del vuelo de mi delirio.


-¡Perdon! ¿Te asusté?-

Lentamente he girado mi rostro para enfrentarlo con el suyo.


Mi primera impresión de ti fueron tus profundos ojos color miel, nunca he visto ojos iguales y quizás más nunca los vuelva a ver. Me hundí en ellos con enfermizo placer por dos décimas de segundo, antes de sonreírte, negar suavemente y responder:


-Sola no, perdida…-
Sonreíste enseñando levemente los dientes.

-¿Puedo?-Preguntaste señalando la otra silla.

-¿Puedes?-Te respondí.
Glorioso momento en el que te adelantaste y te tuve sentado frente a mí.

-¿Así que estás perdida? Pues que raro porque yo te he visto antes, pensaba que vivías aquí en Mérida.-


En ése momento te amé.

Amé las intenciones de sonsacarme que vi en tus ojos y tus ganas de hablarme hasta obtener por lo menos mi número de teléfono.

Amé verme reflejada en tus ojos, hasta el punto de poder apreciar cómo me veias tú en ese momento. Veías una criatura de mirada perdida, débil, en resumen, una presa fácil.

Lo que no sabias es que yo quería ser tu presa. Eras la perfecta vía de escape.


Al pensar en esto te sonreí.


-¿Estás bien?- Me preguntaste. -¿Cómo te llamas?-

-¿Importa realmente?- Te respondí.
Sonreíste de nuevo…

-La verdad, supongo que no me lo tienes que decir si no quieres.
Te sonreí, me caías bien…

-Háblame- Te pedí.
Apoyé los codos sobre la mesa para poder inclinarme hacia ti y darle más énfasis a la mirada de súplica que te estaba regalando.


Alzaste las cejas sorprendido y supongo que algo viste en mí, porque tus ojos se volvieron cautelosos. Pero después de pensarlo unos instantes te relajaste de nuevo, te reclinaste en la silla y empezaste a hablar y a hacerme preguntas banales.

Me dejé llevar por el sonido de tu voz, por la cadencia de tus palabras y por el aroma cálido de mi Mockachino.

¿De qué hablamos? Eso es algo que no recuerdo. Mis respuestas eran monótonas pero eso no parecía importarte, ya que hablabas con entusiasmo y me lanzabas miradas cargadas de intención que yo te devolvía con gestos igual de implicantes.

En mi fuero interno me preguntaba ¿cuánto más durará este juego?, ¿cuándo me pedirás que te acompañe a caminar un rato para luego besarme en cualquier esquina oscura con el desenfreno con el que se besan dos completos desconocidos?, ¿cuándo me abrirás la puerta hacia mi vía de escape?

Ya no llueve.

El reloj sigue inexorable con su curso y tú no pareces decidirte. Casi me he resignado ya. A tal punto de comenzar a vagar nuevamente por mis pensamientos y por la canción de Sin Bandera que suena en el lugar.


-Oye linda, ¿quieres otro de ésos?-

Me ha tomado cinco segundos darme cuenta de que señalabas la taza vacía que tenía frente a mi y de que tu pregunta requería una respuesta coherente.


En ése momento te odié.

Y entonces noté que detrás de ti, sobre una de las mesas se hallaba un gato negro, un gato de ojos color miel. Y al verlo algo en mí encajó en su lugar.

Me levanté bruscamente, dejé sobre la mesa el billete de 20 que llevaba en el bolsillo, me incliné hacia ti para ver por última vez tus ojos, di media vuelta y me fui.


-Espérate- Te escuché decir cuando reaccionaste.

Pero yo ya estaba prácticamente fuera y cuando se trata de evadir a alguien en la calle, suelo ser bastante buena. Después de caminar tres cuadras ya te había dejado atrás.

Gracias mis desconocidos de ojos color miel por hacer que me hallara, aquel día lluvioso en el que me perdí...

0 Amapolas se marchitan...: