Creo que es la primera vez en mi vida que me sangra la cabeza...
Me dejo caer al suelo. Estoy asustada. La última vez que me golpeé así estuve casi cinco minutos tan aturdida que no lograba recordar quién era.
Cierro los ojos y respiro lentamente para no desmayarme. Puntos de colores se pasean frente a mis ojos
No puedo evitarlo, una sonrisa torcida asoma en mis labios al ver lo hermosos que son... Parecen pequeños copos de nieve de colores...
Pésima comparación teniendo en cuenta que nunca he visto nevar...
Mi mano derecha está completamente llena de sangre. No en vano dicen que las heridas en la cabeza son las que más sangran.
Tengo frío...
Cierro los ojos y me resigno a un desmayo que se me antoja inminente.
Y pienso...
Pienso en cómo se ve el cielo a través de la ventana del autobús destartalado en el que subí anoche a mi casa.
Ese cielo oscuro y nublado, matizado de rosado por el reflejo de las luces de la ciudad en las nubes.
Y cuando el autobús está en marcha los faros de la calle pasan frente a mis ojos e interrumpen mi contemplación del anochecer con sus regulares luces.
El efecto es onírico...
Mientras los faros pasan, la brisa acaricia mi pecho y sube por mis piernas hasta el dobladillo de mi falda.
Irreal...
Ideal...
Mi cabeza por fin ha dejado de sangrar y he logrado no desmayarme. Recuerdo mi nombre y mi gata me mira con curiosidad desde la mesa del televisor.
Y por alguna razón más poderosa que yo, rompo a llorar...
Y la sangre de mis manos se mezcla con mis lágrimas.
Y cuando recupero la respiración me duermo, agotada, hecha un ovillo en el suelo.
Y sueño...
Sueño en fotogramas...
Suspiro.
Navaja.
Negación.
Cuchillo de cocina.
Negación vehemente.
Compás.
Maldición.
Alejarse de la caja del compás.
Salir a la calle.
Gritar.
Huir.
Maldecir por no saber de qué huyo.
Llorar.
Maldecir por ser tan mojigata.
Preguntarme si me abrazarías si me vieras así.
...
Despierto sobresaltada.
Odio a mi subconsciente por hacerme tan transparente, incluso conmigo misma...
Me veo las manos, ya la sangré está seca.
Me levanto lentamente para no marearme. Me duele hasta el cabello y no siento mis pies.
Me encamino al baño a lavarme un poco.
Me encanta ver la sangre diluirse en el agua y perderse por el desagüe...
Me veo en el espejo y no me reconozco.
Las lágrimas de delineador atraviesan mi cara, tengo un rastro de sangre seca en mi mejilla derecha, algunos cabellos me caen desordenadamente frente a los ojos y estoy tan pálida que parezco un pergamino.
Y por alguna razón me gusta lo que veo. Hay un brillo en mis ojos que toda la desesperación que refleja mi rostro no logra opacar.
Y me voy a la cama, sonriendo mientras desaparezco bajo la colcha...
Si he logrado encontrar ese pequeño brillo en mi oscuridad,
supongo que todo estará bien...